|
William James escribe La inmortalidad humana tras un
importante y extenso trabajo como psicólogo. Aquí analiza la relación existente entre
la mente y el cerebro abordando dos de las teorías explicativas existentes: la teoría de
la producción y la teoría de la transmisión. Apuesta por esta última considerando la
mente humana como una porción de una mente preexistente mayor que se filtra en este mundo
a través de nuestros cerebros, y que, una vez finalizada nuestra vida, puede regresar a
su fuente.
Fragmento
del texto:
Así pues
ésta es la objeción a la inmortalidad; y mi siguiente cometido es intentar dejarles
claro por qué creo que desde un punto de vista estrictamente lógico esa objeción no
tiene poder disuasorio. Debo mostrarles que su consecuencia fatal no es coercitiva, como
se suele imaginar; y que, aunque nuestra vida anímica (como se nos revela en este mundo)
puede ser con una exactitud literal función de un cerebro que se deteriora, sin embargo
en absoluto es imposible sino al contrario bastante posible que la vida pueda continuar
cuando el cerebro está muerto.
La supuesta imposibilidad de su continuación proviene de una visión demasiado
superficial del hecho admitido de la dependencia funcional. En el momento en que
examinamos más atentamente la noción de dependencia funcional y nos preguntamos, por
ejemplo, cuántos tipos de dependencia funcional puede haber, inmediatamente nos damos
cuenta de que hay al menos un tipo que no excluye en absoluto la vida del más allá. La
conclusión fatal del fisiólogo mana de asumir a la ligera otro tipo de dependencia
funcional al que trata como el único imaginable.
Cuando el fisiólogo que cree que su ciencia elimina toda esperanza de
inmortalidad pronuncia la frase, el pensamiento es una función del cerebro,
piensa sobre ese tema lo mismo que piensa cuando dice, el vapor es una función de
la tetera, la luz es una función del circuito eléctrico, la
energía es una función de la cascada. En estos casos diferentes objetos materiales
tienen la función de crear en su interior o engendrar sus efectos, y su función se puede
denominar productiva. Lo mismo, piensa, debe suceder con el cerebro. Engendra conciencia
en su interior, tal como engendra colesterina, creatina y ácido carbónico; su relación
con nuestra vida anímica también ha de denominarse función productiva. Naturalmente, si
tal producción es su función, entonces cuando el órgano se deteriora, ya que la
producción no puede continuar, es seguro que el alma debe morir. De hecho, tal
conclusión es inevitable desde esa concepción particular de los hechos.
Pero en el mundo físico tal función productiva no es el único tipo de función
con el que estamos familiarizados. También tenemos la liberación o función permisiva; y
tenemos la función de transmisión.
El gatillo de una ballesta tiene una función liberadora: suprime el obstáculo
que sujeta la cuerda y pernute que el arco regrese a su forma natural. Lo mismo ocurre
cuando el martillo cae sobre un compuesto detonante. Al eliminar las obstrucciones
moleculares internas permite que los componentes gaseosos regresen a su volumen normal y
así hace que tenga lugar la explosión.
En el caso de un
cristal coloreado, un prisma o una lente refractante, tenemos la función de transmisión.
El cristal tamiza y limita el color de la energía de la luz, independientemente de cómo
se produzca, y la lente o el prisma la fija a una trayectoria y forma determinadas. De
modo similar, las teclas de un órgano sólo tienen función de transmisión. Abren
sucesivamente los diferentes tubos y permiten que el aire de la caja escape por diferentes
caminos. Los tonos de los diferentes tubos se constituyen al emerger las columnas de aire
vibrando. Pero el órgano no engendra el aire. El órgano mismo, como se ve por su caja,
es sólo un aparato que deja que porciones de aire se liberen al ambiente en estas formas
limitadas peculiares. |