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Este
libro es el relato de la vida y la obra de Georg Groddeck, el psicoanalista salvaje.
Alumno del terrible Schweninger, se dedicó al tratamiento de todo tipo de enfermedades en
su Satanarium de Baden-Baden utilizando como armas el masaje, la dieta y la
hidroterapia. Empeñado en el estudio del símbolo aplicó sus descubrimientos a la
terapia creando lo que Ferenczi bautizó como el psicoanálisis in organicis y
desarrollando el concepto de Ello. Con estas ideas también se internó en el análisis
del lenguaje y el arte, que catalogaba como síntomas del Ello, que, como la enfermedad,
son simplemente modos en los que aquel se expresa.
Fragmento
del texto:
Emmy creía que era un genio, nunca cambió de opinión y quería que escribiese un
libro sobre sus técnicas. Entonces Groddeck inició un ciclo de charlas semanales en el
sanatorio a las que debían acudir todos los enfermos. Tenían lugar los miércoles de
cinco a seis de la tarde, ni muy breves, para que los pacientes tuviesen tiempo de
absorber las ideas que iba lanzando, ni demasiado largas, para evitar que surgiesen
resistencias debidas a la fatiga. Estas charlas, que transcurrieron entre 1916 y 1919, se
recopilaron en un libro que constituye un testimonio excepcional de su entrada en el
terreno psicoanalítico.
En estas conferencias asociaba libremente, generalmente sobre
material que había recogido a lo largo de la semana o apoyándose en preguntas que
lanzaba al auditorio. A partir de la idea de que cuerpo y alma son un todo desarrollaba
todas las variaciones posibles pues su estructura recuerda la de las variaciones musicales
y abordaba toda una serie de temas diversos, que en muchas ocasiones se repetían para
reforzar algunos mensajes pero también porque al abarcar las conferencias un periodo de
tiempo tan extenso el público iba variando y era raro que los pacientes oyesen lo mismo
en más de una ocasión.
Las
conferencias se deben leer como se escribieron, una a una, con la pausa precisa, dejando
tiempo para que su palabra actúe como un medicamento que hay que tomar en su dosis
debida; de esta forma harán su efecto, y no mediante una acumulación de saber sino por
una sensibilización debida al conocimiento que finalmente nos transformará haciendo su
trabajo creativo. El efecto que producía en los enfermos era fulminante: creían en él,
estaban fascinados, daba igual que comprendiesen lo que les decía ya que lo importante
era que le creyesen ciegamente pues sólo así podrían curarse. Los enfermos no tenían
derecho a crítica pues sus conferencias no tenían un objetivo instructivo sino que
constituían una parte de su tratamiento y por eso debían hacer el esfuerzo de creer
acallando toda duda. Se ocupan de todo lo que jalona la existencia humana: el nacimiento,
la muerte, los cambios, y cada una de esas manifestaciones vitales es una puerta abierta
para acceder al Ello. Éste, omnipresente a lo largo de todas las conferencias, es la
fuerza que actúa sobre todos los fenómenos, rige nuestra vida y nos gobierna;
omnipresente e inasible a la vez, aunque no es un concepto ni una hipótesis pues no se
puede atrapar con palabras...
La palabra ritualizada en la conferencia
ejerce un efecto fascinante que desvía la atención paralizada del enfermo, le distrae de
su enfermedad dirigiendo su atención a lo que antes no podía ver, le familiariza con sus
aspectos ocultos que muchas veces resultan casi irrepresentables porque la sociedad los ha
estigmatizado. Pero al darse como representación a sus enfermos a través de cada
conferencia, Groddeck se convertía en lugar de proyección de lo que no reconoceríamos
como propio, permitiéndoles reconocer su propia monstruosidad. Así rehabilitaba también
la enfermedad en su doble papel: como producto resultante de dos fuerzas opuestas, punto
de encuentro entre lo humano y lo monstruoso en el ser humano, y como modelo de toda
creación. La enfermedad es un símbolo, expresa algo: ensordece si hay algo que no se
quiere oír o paraliza si no se quiere acercar a algo o enferma de la garganta si hay algo
que no se quiere proclamar. Anteriormente se había valido de órdenes directas y firmes
para obligar a sanar al enfermo, ahora había encontrado otro método que consistía en
que el enfermo se hiciese esta pregunta:
¿qué
utilidad tiene para mí mi enfermedad? Porque toda enfermedad posee un significado y una
meta; es una medida de protección cuyo sentido es asegurar a la persona contra algo aún
más terrible que su neumonía, su cáncer, su duda maníaca o su neurosis de angustia El
propósito del tratamiento es descubrir: ¿por qué he enfermado?.
La
enfermedad es siempre peor que el mal y el enfermo debe creer esto, pues si no, no
sanará. Normalmente aquello que no queremos percibir está relacionado con la sexualidad
y la hipocresía social, y lo reprimimos profundamente en nuestro interior a la vez que lo
manifestamos en nuestra enfermedad. Pero el médico debe saber hasta dónde puede llevar a
su enfermo pues la curación deviene por un exceso de lucidez en la compresión de los
problemas más que por su disolución y la cuestión es saber si puede soportar estar
lúcido.
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