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Las tripas son el tema de este libro,
aunque vistas desde diferentes ángulos. Por un lado Groddeck analiza una de sus enfermedades, el
estreñimiento, e interpreta ese síntoma por medio de su simbolismo llegando a jugosas
conclusiones sobre su diagnóstico y su tratamiento. Por otro lado procede a la inversa
estudiando las tripas en su conjunto, como una parte del todo y como un todo en sí
mismas; a través de toda una serie de asociaciones etimológicas analiza las palabras
como si de síntomas patológicos se tratase para encontrar la fuente del lenguaje anclada
en lo corporal.
Fragmento
del texto:
Los lectores de “Die Arche” saben que lo
primero que hago es preguntarme sobre el sentido de un síntoma. La respuesta más
corriente para el estreñimiento es que algo que se debía eliminar se retiene en el
interior del organismo. Así el ello afirma que quiere conservar lo que debería devolver
al mundo exterior. En el estreñimiento el ello declara: que otros se sometan si quieren a
la regla general de las evacuaciones cotidianas, yo me niego. La voluntad particular se
enfrenta a la costumbre; y como podemos suponer que no se obtiene ninguna ventaja
tangible de la retención fecal sino que por el contrario esta negación no entraña más
que molestias, debemos llamar a este proceder obstinación.
Las razones que nos llevan a esta obstinación pueden ser muy diversas, pero en
general se puede hablar de estas tres: el ello puede pensar que el mundo exterior no
es digno de que le comunique lo que hay en mi interior; o también que me da
tanto placer esta retención que me dan igual los derechos del mundo exterior; o por
último que el contenido de mi interior es tan mediocre que me avergüenza dárselo
al mundo exterior.
Por el momento no voy a tomar en consideración malformaciones
congénitas que
determinen el estreñimiento pues antes me interesaré por las razones que pueden incitar
al bebé a estreñirse. Como aún no he encontrado nada que me haga suponer un
sentimiento de vergüenza en el bebé, sólo queda la hostilidad hacia el mundo exterior o
un gusto exacerbado por el placer obtenido de la retención fecal. Creo que intervienen
los dos motivos.
Sabemos que la porción terminal del intestino, el ano, y sobre todo el perineo,
que se extiende entre los genitales y el ano, son zonas ricas en nervios. Esta
constatación anatómica y fisiológica revela que el paso de los excrementos por el ano
debe despertar sensaciones placenteras. Y mis observaciones confirman esta deducción: la
primera evacuación del bebé es voluptuosa, lo indican claramente las tensiones muscular
y arterial. De todas formas hay que recordar que las sensaciones que nosotros tenemos por
voluptuosas no son las que sienten así el niño ni el viejo: para ellos son voluptuosas
otras sensaciones que el adulto posee pero que no tiene por tales.
Pero como la inervación sensitiva del recto, del ano y del
perineo no cambia, el paso de la materia fecal también debe provocar en el adulto
sensaciones placenteras; si no somos conscientes de ello es porque nos hemos acostumbrado
a esa sensación: tenemos que desvalorizar mediante la represión lo que se repite
constantemente porque de lo contrario no podríamos vivir. Si el hecho de ver, oír,
sentir, respirar, andar, moverse, en una palabra, si todo lo cotidiano suscitase en
nosotros el mismo placer inaudito que sentimos cuando lo experimentamos por primera vez,
la vida, para nosotros los adultos, se haría imposible quizás por eso olvidamos
nuestros primeros años de vida. Sólo mediante la represión de lo que es
naturalmente voluptuoso y valioso se da paso a lo que se desarrolla luego en la
conciencia. Dado el estado habitual de indiferencia que la reflexión consciente muestra
frente a lo inconsciente se hace difícil admitir que cada defecación provoca también en
el adulto sensaciones placenteras. Pero quienes se interesen siquiera de forma superficial
en su propia persona esta gente es extremadamente escasa, podrán verificar
fácilmente este fenómeno.
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